Por la Redacción Editorial de Impacto Noticias Network
En el pensamiento hebreo existe una palabra mucho más profunda que «caridad». Esa palabra es Tzedaká (צדקה). Aunque suele traducirse como «dar limosna», en realidad significa justicia, porque para el judaísmo ayudar al necesitado no es un acto para engrandecer al que da, sino una obligación moral delante de Dios.
El gran sabio judío Maimónides (Rambam) enseñó hace más de 800 años los ocho niveles de la Tzedaká. El más alto de todos consiste en ayudar a una persona de manera que conserve su dignidad, sin humillarla y, si es posible, sin que el donante conozca al receptor ni el receptor conozca al donante. La razón es sencilla: cuando el ego entra en escena, el mérito espiritual disminuye. La ayuda deja de ser un acto de justicia para convertirse en un acto de reconocimiento personal.
Por eso ha generado debate la decisión del alcalde capitalino Mayer Mizrachi de colocar dispositivos AirTag entre las donaciones enviadas a Venezuela para verificar que llegaran a su destino, mostrando posteriormente el seguimiento en redes sociales y explicando que buscaba garantizar transparencia a quienes donaron. Según el propio alcalde, la intención era demostrar que el esfuerzo ciudadano realmente llegó a los damnificados.
Sin embargo, desde una reflexión ética y bíblica surge una pregunta inevitable: ¿dónde termina la transparencia y dónde comienza el protagonismo?
Las Escrituras son contundentes.
Jesús enseñó:
«Cuando des limosna, no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha.»
(Mateo 6:3)
Y el libro de Proverbios recuerda:
«El que tiene misericordia del pobre presta a Jehová.»
En ambas enseñanzas el centro nunca es quien entrega, sino quien recibe.
La tradición hebrea insiste en que el dar jamás debe crear dependencia emocional ni convertir al necesitado en instrumento del prestigio del benefactor. Cuando una buena obra necesita cámaras, aplausos o viralidad para validarse, deja abierta una discusión legítima sobre sus motivaciones.
Mientras tanto, muchos ciudadanos de Panamá también esperan respuestas muy distintas de su alcalde.
La ciudad continúa enfrentando problemas cotidianos que fueron eje de la campaña electoral: basura, deterioro urbano, movilidad, recuperación de espacios públicos y otras promesas que los capitalinos esperan ver convertidas en obras concretas. Más allá de iniciativas solidarias, parte de la ciudadanía sigue preguntándose cuál será la primera gran obra tangible que marque la gestión municipal.
La solidaridad internacional merece reconocimiento. Ayudar a un pueblo golpeado por una tragedia honra los valores humanos y merece respeto. Pero gobernar una ciudad también exige que la compasión hacia afuera vaya acompañada de resultados visibles hacia adentro.
Quizá la verdadera enseñanza de la Tzedaká para cualquier servidor público sea esta:
Las obras hablan más fuerte cuando benefician al prójimo sin convertir al benefactor en el centro de la historia.
Porque, al final, la grandeza de quien da no se mide por la cantidad de cámaras que lo siguen, sino por la cantidad de vidas que logra transformar sin esperar nada a cambio.
«El dar es un principio bíblico: no esperar nada a cambio y hacerlo sin buscar reconocimiento, porque cuando el ego domina la ayuda, el necesitado corre el riesgo de quedar en deuda con quien dio, en lugar de sentirse libre delante de Dios.»
IMPACTO PANAMÁ