Para cualquier tutor de gatos, el roce suave del felino contra sus piernas al llegar a casa es una escena cotidiana. Sin embargo, lejos de ser un simple gesto de afecto, este comportamiento es una sofisticada herramienta de comunicación química y social que define la relación entre humanos y felinos.
Estudios científicos recientes y expertos en comportamiento animal coinciden en que el acto de frotarse es una de las formas más complejas de lenguaje gatuno, superando incluso al maullido en términos de intercambio de información.
El lenguaje de las feromonas: Una «insignia de honor»
A diferencia de los humanos, que dependemos de la vista y el oído, los gatos experimentan el mundo a través del olfato. Poseen glándulas odoríferas estratégicamente ubicadas en las mejillas, la frente, el mentón y la base de la cola. Al frotarse contra una persona, el gato no solo busca contacto físico; está realizando una transferencia de feromonas.
Este proceso, conocido como marcaje, sirve para integrar al humano en su grupo social. Según la veterinaria Katie Grzyb, de PetMD, que un gato elija frotarse contra alguien debe considerarse una «insignia de honor». El animal está impregnando su olor en el tutor para identificarlo como un individuo familiar y de confianza, creando una sensación de calma y seguridad en su entorno.
¿Por qué también lo hacen con los muebles?
El frotamiento no se limita a las personas. Es común ver a los gatos restregarse contra esquinas de paredes, maletas o zapatos. Este comportamiento busca crear un «olor común» en el hogar.
A diferencia del marcaje con orina, que suele ser territorial y agresivo, el roce facial es una forma pacífica de delimitar su espacio. Dado que las feromonas son volátiles, el gato debe «reaplicar» su aroma constantemente, especialmente cuando el tutor regresa de la calle trayendo olores desconocidos que el felino siente la necesidad de neutralizar con su marca personal.
Mucho más que instinto: Conexión emocional
El vínculo va más allá de la biología. Investigaciones de la Universidad de Oakland, lideradas por Jennifer Vonk, han demostrado que los gatos son capaces de reconocer y responder a las emociones humanas. Pueden detectar la segregación de oxitocina (la hormona del amor) en sus dueños, lo que les permite ajustar su comportamiento según el estado de ánimo del tutor.
El veterinario Juan Enrique Romero señala que esta conexión es tan profunda que muchos gatos llegan a ver a sus cuidadores como figuras parentales. El frotamiento, acompañado a menudo de ronroneos o el famoso «amasado», es la prueba definitiva de que el felino se siente protegido y feliz.
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