Vicente Guerrero no era el presidente que las élites mexicanas del siglo XIX esperaban ver en el poder. Nacido en la periferia, de origen indígena y afrodescendiente, este soldado humilde se convirtió en una figura incómoda para un sistema político que prefería líderes de tez clara y abolengo europeo.
Sin embargo, Guerrero logró lo impensable: se convirtió en el segundo presidente de México en 1829, y durante su mandato tomó una decisión que cambiaría para siempre la historia del país. Abolió completamente la esclavitud en territorio nacional, convirtiéndose en uno de los primeros líderes mundiales en tomar esta medida revolucionaria.
El blanqueamiento de la historia
La respuesta de las élites fue sistemática y cruel. Los retratos oficiales de Guerrero fueron alterados para suavizar sus rasgos afrodescendientes. Sus características físicas fueron «blanqueadas» en pinturas y documentos oficiales, iniciando un proceso de borrado histórico que perduraría durante décadas.
«La historia oficial mexicana ha sido escrita tradicionalmente por las clases dominantes, que preferían invisibilizar el origen étnico de figuras como Guerrero», explican los archivos del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México.
Más que un presidente: un revolucionario social
Guerrero no solo luchó por la independencia de México junto a José María Morelos. Su visión política iba más allá del simple cambio de gobierno. Defendió activamente los derechos de los pueblos indígenas, abogó por los sectores más marginados de la sociedad y se convirtió en la voz de «ese México que aún hoy sigue siendo invisible».
Su decreto de abolición de la esclavitud, promulgado el 15 de septiembre de 1829, se adelantó por décadas a medidas similares en otros países de América. Esta decisión política radical selló su destino ante los poderosos grupos conservadores de la época.
Una traición que marcó la historia
Los sectores dominantes no tardaron en actuar. Guerrero fue traicionado, capturado mediante engaños y fusilado sin honor en 1831. Su muerte no fue solo el asesinato de un presidente: fue el silenciamiento violento de un proyecto de país más justo e inclusivo.
El sistema político mexicano nunca aceptó verdaderamente verlo en el poder, y su eliminación física fue seguida por su eliminación simbólica de la narrativa histórica oficial.
Una deuda histórica pendiente
Casi 200 años después, México mantiene una deuda histórica con Vicente Guerrero. Su figura permanece en gran medida invisible en los libros de texto, y su origen afrodescendiente sigue siendo un tema incómodo para muchos sectores de la sociedad mexicana.
Los estudios académicos sobre afromexicanidad de diversas instituciones públicas coinciden en que la recuperación de la memoria histórica de Guerrero es fundamental para entender la diversidad étnica y cultural de México.
El legado que permanece
Vicente Guerrero representa la esperanza de un país más justo que existió por un breve momento en la historia mexicana. Su lucha por los derechos humanos —aunque esta expresión aún no existiera en su época— y su defensa de los sectores marginados lo convierten en una figura relevante para el México contemporáneo.
Recuperar su historia completa, celebrar su afrodescendencia en lugar de ocultarla, y reconocer sus contribuciones políticas y sociales es un acto de justicia histórica que el país se debe a sí mismo.
La verdadera historia de Vicente Guerrero merece ser contada con dignidad y orgullo, sin los filtros raciales que durante siglos distorsionaron su legado. Su nombre debería ocupar un lugar prominente en la memoria nacional, no solo como el presidente que abolió la esclavitud, sino como el líder que soñó con un México inclusivo y diverso.
IMPACTO PANAMÁ