Lo que comenzó como un comentario en redes sociales terminó convirtiéndose en una tormenta digital, diplomática y comunitaria que todavía no se apaga.
El empresario panameño David Abadi publicó un video reaccionando a la demolición del monumento dedicado a la comunidad chino-panameña en el área del Puente de las Américas. Pero más allá del hecho en sí, fue una frase la que encendió la mecha:
“¿Qué carajos hace un monumento chino ahí?”
Siete palabras que desataron indignación.
Un comentario que cruzó la línea
En un país construido por migrantes —antillanos, europeos, árabes y asiáticos— la frase fue interpretada por muchos como algo más que una opinión espontánea. Para amplios sectores de la sociedad, sonó a cuestionamiento de pertenencia, a minimización histórica y, para algunos, a desprecio cultural.
La comunidad china en Panamá no es reciente ni marginal. Está documentada desde el siglo XIX, con participación directa en la construcción del ferrocarril interoceánico y posteriormente en el Canal. Hoy es una de las comunidades empresariales y comerciales más sólidas del país.
Por eso, la pregunta no fue solo qué hacía un monumento ahí.
La pregunta fue: ¿cómo alguien con visibilidad pública puede ignorar ese contexto?
Instagram: el incendio digital
Tras el video, Instagram se convirtió en un campo de batalla.
Creadores de contenido, empresarios y ciudadanos comenzaron a publicar mensajes de respaldo a la comunidad china, destacando su aporte económico, cultural y social. Algunos calificaron el comentario como “irresponsable”, otros como “desafortunado”, y no faltaron quienes lo tildaron directamente de xenófobo.
El algoritmo hizo su parte. El clip circuló, fue compartido, comentado y reinterpretado. La frase se volvió tendencia.
Mientras tanto, el silencio inicial de Abadi fue leído como indiferencia. Y cuando finalmente llegó el video de disculpas, lejos de apagar el fuego, pareció avivarlo.
La disculpa que complicó el escenario
En su segundo video, Abadi intentó aclarar que no tenía intención de ofender a la comunidad china. Sin embargo, para muchos el tono fue percibido como defensivo más que reflexivo.
En lugar de una rectificación contundente, varios usuarios interpretaron que buscaba contextualizar su molestia hacia la ubicación del monumento, pero sin reconocer el peso simbólico de sus palabras.
Y en crisis públicas, la percepción es más poderosa que la intención.
La reacción intercomunitaria
La controversia escaló al punto de que organizaciones judías emitieron comunicados aclarando que las declaraciones de Abadi no representan la posición de la comunidad judía panameña, reiterando su compromiso con la convivencia multicultural y el respeto entre comunidades.
Ese detalle elevó el caso a otro nivel.
Ya no era solo una polémica digital. Era un asunto de sensibilidad colectiva en un país donde las comunidades conviven históricamente en armonía relativa.
Más que un monumento
La demolición del monumento chino ya era un tema delicado por sí mismo. La forma en que se realizó —según múltiples críticas, sin suficiente diálogo previo— generó cuestionamientos sobre respeto patrimonial y cultural.
Pero la frase de Abadi convirtió el debate urbano en un conflicto identitario.
En una nación como Panamá, donde el comercio, la migración y la diversidad son parte del ADN, las palabras pesan. Y cuando vienen de figuras públicas, pesan aún más.
¿Error espontáneo o síntoma de algo mayor?
La pregunta que queda flotando no es solo si David Abadi se equivocó.
La pregunta es si parte del país todavía no entiende que los monumentos no son simples estructuras de concreto, sino símbolos de historia, sacrificio y contribución.
En tiempos donde la conversación digital se amplifica en segundos, una frase puede definir una narrativa.
Y esta vez, siete palabras bastaron para encender un debate nacional.
IMPACTO PANAMÁ