Por Aldo López Tirone
Hablar de una Cuba libre y capitalista no es un acto de provocación.
Es un ejercicio de imaginación responsable.
Es preguntarnos qué pasaría si una isla bendecida por su gente, su historia y su ubicación dejara de sobrevivir… y comenzara a prosperar.
Cuba no es pobre.
Ha sido empobrecida.
Imaginemos por un momento una Cuba donde el talento no huye, donde emprender no es delito y donde el esfuerzo personal vuelve a ser recompensado. Una Cuba que abre sus puertas al mundo, no desde la nostalgia, sino desde la competitividad.
El primer impacto sería inmediato: el turismo.
No como hoy, limitado y controlado, sino diverso, moderno, creativo. Hoteles boutique en La Habana Vieja, marinas de clase mundial en Varadero y Santiago, turismo cultural, gastronómico y médico. Millones de visitantes al año generando empleo real, ingresos sostenibles y oportunidades para pequeñas y medianas empresas cubanas.
Cuba tiene todo para ser una potencia turística del Caribe.
Todo… menos libertad económica.
Luego está su posición geográfica, una joya dormida.
Una Cuba libre podría convertirse en un hub portuario y logístico natural entre América, Europa y el Caribe. Puertos modernos, astilleros, zonas francas, comercio marítimo, transporte de carga y servicios asociados. Donde hoy hay muelles subutilizados, mañana podría haber desarrollo, empleo y conexión global.
Y hablemos de lo que casi no se menciona: la minería no explotada.
Cuba posee recursos minerales estratégicos que, bajo reglas claras, inversión responsable y respeto ambiental, podrían convertirse en una fuente clave de ingresos nacionales. No para enriquecer a un Estado opaco, sino para financiar educación, salud, infraestructura y bienestar social.
Porque una Cuba capitalista no sería una Cuba sin justicia social.
Sería, por el contrario, una Cuba donde el Estado deja de asfixiar para comenzar a garantizar.
Infraestructura moderna.
Carreteras que conectan, puentes que unen, aeropuertos funcionales, redes eléctricas estables, telecomunicaciones abiertas y eficientes. Viviendas dignas, hospitales equipados, escuelas con recursos y maestros bien pagados.
El capital no es el enemigo del pueblo.
El enemigo es la falta de oportunidades.
Una Cuba libre permitiría algo aún más poderoso: el regreso de su diáspora. Millones de cubanos en el mundo regresarían con capital, conocimiento, redes y amor por su tierra. Ningún plan de desarrollo supera eso.
Y lo más importante: cambiaría la psicología colectiva.
El cubano dejaría de resistir… para comenzar a construir.
No sería un proceso inmediato. No sería perfecto. Pero sería real.
Con errores, con debates, con ajustes. Como toda sociedad viva.
Imaginar una Cuba libre no es traicionar su historia.
Es honrar su futuro.
Porque cuando un pueblo deja de pedir permiso para soñar,
empieza —inevitablemente— a avanzar.
Y Cuba, cuando sea libre, no pedirá limosna.
Competirá. Crecerá. Prosperará.
El día que eso ocurra, el Caribe entero cambiará.
Y el mundo también.
IMPACTO PANAMÁ